Wednesday, December 13, 2006

ESTADOS ALTERADOS


ESTADOS ALTERADOS

“Vivía solo en el aposento guarnecido de una serie de espejos mágicos.
Ensayaba antes de la entrevista con algún enemigo, una sonrisa falsa.”
El talismán
(Las formas del fuego)
José Antonio Ramos Sucre



“Machos que se quiebran en un corte ritual, la cabeza hundida entre los hombros,
la jeta hinchada de palabras soeces.

Hembras con las ancas nerviosas, un poquitito de espuma en las axilas, y los ojos demasiado aceitados.”
Milonga
(Veinte poemas para ser leídos en el tranvía)
Oliverio Girondo


I

(La Ventana)

El sol suspendido de un hilo de cobre
–orfebrería de luz–.
La ventana sesgada por un gris canicular
enmarca la silla que se mueve al compás de
un mayo
que pareciera abrir la rosa negra de la tierra.

Si se comienza el lunes con un aditivo
vegetal en la neurona
que agita su filamento eléctrico hasta el hueso
se puede aguzar el oído
afinar la piel de la espera.

La cofradía de la mañana sale en búsqueda
de un pan de sangriento trigo.
Dentro del velo Maya se agita la comparsa.
Un grito en la calle de la locura
el hombre que vende un perro, el lotero que rifa un paraíso de números y dígitos
el viandero que sacia el hambre con dos tubérculos grises, –charcutería de asno viejo y salsa de tomate–.
El sol pende en lo alto, ángel de dorada diadema,
no le altera a su girar, ni a su silencio
la algarabía de los ruleteros
ni la risa de la muchacha pálida
que acaricia con alegría a un fantasma con cara de dragón.
Los estados alterados están allí…
Mira la otra acera. Mira el barullo
el caer de la señora digna en su traje negro
el policía más tranquilo que inquieto, aprueba la jugada maestra de los maleantes de la tarde, sus quehaceres, sus entuertos.
Esta locura, que el sol contempla sin tambalearse.
sin moverse, con la rosa amarga del fuego apretada en la boca.

Suspendido sobre la ventana,
fijo el hombre a su silla.
barba rala, mirada seca.
Quinto piso sobre el boulevard del verano, mientras abajo
por la calle principal
asciende
la Carreta del Heno.



II

(La Barra)

Vino la mujer a ver la obra del pintor, se encontró que no hacia juego con los muebles de su sala.
Demasiado oscura
un poco rara y esa mujer que grita
y ese color negro al fondo, de donde brota una criatura alada, (nigromante enano).
Cerveza helada que rueda en abundancia.
La cadera de una poetisa rolliza se cimbrea mientras departe con un amargo sibarita
que con sus ojos rojos, puestos al fondo de la música, fuma sin tiempo, sin medida, del cigarrillo.
Los partisanos de la bohemia
gastan sus denario rotos
y el gato del diablo se pasea por las calles
haciéndose perseguir de los perros bajo la luna cómplice.
Las damas que han salido de una reciente alquimia de afeites y polvos vienen a reunirse a la barra
sacan ventaja oportuna de la necesidad de sexo.
Algún desesperado suicida
aplazará su ultima hora, por el orgasmo jadeante del animal urbano.
Brilla la música de los maestros, y, los escritores de poco oficio harán gala de sus dotes frente a jóvenes novicias,
magos ilustrados que intentan sacar la piedra de la locura
esgrimiendo algunos textos, ciertos jeroglíficos llameantes…

¿Pero que hacer?
Es este, el único teatro,
en donde no se exigen papeles de memoria
sólo: sangre, sudor, sexo y alcohol
y alcohol...
y alcohol...
¡Hasta los limites de la amnesia, en el extraño lago del silencio!

III

(Alcoba de Hotel)

La dama posa su abrigo sobre la mesa de noche.
No era tan joven como pensó al principio.
El hombre fuma un tabaco
–planta de nervadura rizada–
cerca de la lámpara amarilla.
Bebe una botella de anís seco.
En su pupila se refleja un espejo ordinario
que le devuelve una figura distorsionada y líquida en el bordado rojo de la alfombra.
Ella muestra ahora su piel blanca, triste
y su pecho por donde rodaron sueños de pasión.
La luna adosada al dintel, arde; papel de plata, donde se quema la heroína.
Mira sin mirar, dejando que la gasa de una nube negra
le limpie las pestañas.
La flor que debe perecer cada noche, para que el extranjero pueda regresar más desnudo a su verdad incierta…
La flor que debe estallar con su vestido de neón
atomizada en lluvia helada
bajo el alero de un hostal.
El alcohol hierve sobre la piel, adentro la sangre quema...

Y ya, entrelazados,
en el rictus de un agonizar en rojo y amarillo
la pareja se estremece
confundiendo los fluidos de la soledad.
En la radio, un hombre del jazz
suelta una melodía que sirve de frazada a la madrugada.
La mancillada cuidad trata de dormir
dentro de los pasadizos de la noche en llamas.
Ocasionales amantes
flotan sobre la profundidad de un rió que huye hacia la nada.

Se mirarán en el espejo...
No
recordarán sus caras.

Del Libro:
“GRIMORIO DE LAS MUSAS”
OM/GARRATZ









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